Carlos María Biedma y la Pedagogía argentina

Por Enrique Mario Mayochi*



Carlos María Biedma inicia su vida en momentos de intensa renovación y fecundo crecimiento de la enseñanza escolar argentina. En las últimas décadas del siglo XIX, tanto aquí, en su Buenos Aires natal, como en el país todo, se está dando forma a una etapa de la historia de la educación nacional que incluirá, junto al del singular Sarmiento, nombres como los de Juan María Gutiérrez, Marcos Sastre, José Manuel Estrada, Amancio Alcorta, Carlos Octavio Bunge y Pablo Pizzurno. Y a estos argentinos se unirán los llegados de otras latitudes, como Amadeo Jacques, José María Torres, Adolfo van Gelderen y Emma Nicolay de Caprile. En este ambiente de fervor educativo, de fe en la formación del ciudadano por obra de la escuela, vive Biedma sus primeros años. Apenas adolescente, participa de la vida del aula asumiendo distintos roles: el de alumno de la Facultad de Derecho lo comparte con el de maestro elemental en un instituto privado y con el de celador en el Colegio Nacional de Buenos Aires, del que acaba de egresar.


Son años en que no se realizan distingos sutiles entre Educación y Pedagogía, entre la acción de educar y el estudio del hecho educativo, entre el acto de conducción escolar y el estudio y regulación del proceso de la educación, entre la actividad en sí y el afán de captar su esencia y su dirección. Son años en que todo educador es pedagogo en mayor o menor grado, y el pedagogo llega a serlo merced a su permanencia en el aula, en la escuela, que es su medio natural de actividad e investigación.


Obtenido el grado doctoral en Derecho, Biedma comprende claramente que no es éste el camino que él debe recorrer. En lo más hondo de su ser siente el llamado para seguir su gran vocación: la educación, el aula. Y a esa vocación se entrega con fervor por el resto de su vida, hasta coronar su obra con la creación y desarrollo de un instituto escolar al que quiso argentino por su capacidad para hacer del niño y del adolescente ciudadanos y cristianos cabales, y modelo por su capacidad para transformar principios, teorías e ideas en realidades vivas y operantes, o sea, dicho con sus propias palabras, “que lo fuera así por su labor pedagógica, tanto como por sus bases de moralidad”.


Esa vocación, esa positiva respuesta a un llamado bien definido, lo llevará a Carlos María Biedma a actuar paralelamente en dos niveles escolares, el primario y el medio. Mientras para aquél elabora textos de estudio constantemente perfeccionados, en éste asume la responsabilidad de la cátedra y desde 1903, a los veinticinco años de edad, la función directiva. Son los tiempos de búsqueda permanente para lograr mejores formas de aprendizaje para la Geografía, la Historia y la Botánica, son los tiempos del proyecto del Herbario Nacional y de la creación del Museo Escolar Argentino, son los tiempos de las conferencias y experiencias pedagógicas realizadas en la Escuela Normal N° 9, son los tiempos de la Mesa Escolar Biedma y del Banco Argentino Graduable. La enumeración no es, ciertamente, taxativa, mas su simple recordación basta para mostrar la incesante actividad de este varón que pone inteligencia, reflexión y creatividad al servicio del perfeccionamiento escolar ofrecido a todos como realidad concreta y modelo digno de ser imitado. Y su obra en favor del Sistema Educativo Argentino todo, no se detendrá ni aun cuando dedique sus mejores afanes a la Escuela por él creada en 1918. Por ello, como docente de avanzada, inicia la promoción de la cinematografía escolar, colabora con el Consejo Nacional de Educación desde la presidencia de la Comisión del Teatro Educativo Escolar y es llamado por el Ministro de Instrucción Pública para redactar los programas de estudio para la enseñanza media. Y todo esto lo realiza con modestia, según la feliz frase de Octavio Amadeo; con tanta modestia, con tanta discreción, como para que hasta el presente buena parte de los beneficiarios de su obra en favor del mejoramiento de la escuela estatal ignoren de cuánto le son deudores.


Tres años antes de su deceso, al cumplir veinticinco lustros de vida la ESCUELA ARGENTINA MODELO, Biedma expresa su pensamiento acerca de arduos problemas pedagógicos. Lo hace con la seguridad que da una experiencia vital hondamente arraigada, con la firmeza de quien ha llegado a construir una doctrina valiéndose del método científico, con la esperanza de que lo hecho no será estéril. Al evocar su pensamiento pedagógico, su concepción educativa, recordemos una vez más los cinco postulados que enuncia en la ocasión señalada: el niño es un creador de optimismo; su valor psico-biológico fundamental; es un niño, no un hombre prematuro; su vida es específicamente infantil con ideales y preocupaciones propias; la escuela debe proyectar en el hombre el optimismo de la infancia. Y juzgando su propia realización, expresará: "Mi obra no es otra cosa. Es poner a tono la educación de mi patria con los adelantos de su cultura, su sociedad y su progreso. Por ello es obra argentina y no una mera adaptación de ideas extrañas a nuestro medio, o de concepciones novedosas de la pedagogía europea o americana. Por ello, su sentido es bien marcado y su misión definida: servir a la Nación en la tarea de educar con esmero, austeridad y valor sus futuros ciudadanos"


Está dicho, señores, que la fe debe ir acompañada por las obras. En el plano educativo, así procedió Biedma. No se quedó ni se conformó con la sola reflexión acerca de la importancia de la educación. Concretó su concepción escolar, construyó su pedagogía y vivió gozosamente su feliz desarrollo. Dio a su acción docente fundamentos cristianos y logró que sus alumnos se hicieran hombres apoyándose en ellos. Comprendió que su deber cívico podía realizarlo desde el aula y quiso dar a su gesta un sentido nacionalista de indudable sello patriótico y tradicional.


Como aportes originales y concretos a la pedagogía nacional, señalemos, entre otros, los siguientes: el impulso dado al sistema de la objetivación de la enseñanza, por lo que bien puede considerárselo como uno de los creadores y difusores de la escuela activa entre nosotros; la realización de grandes mapas en relieve, utilizados como escenario vivo para la evocación de los grandes sucesos patrios y continentales; las dramatizaciones del pasado, como ejemplo de respeto por nuestra historia y de amor a la tradición; desarrollo de la oratoria y la orientación vocacional; la vinculación sistemática de las diversas asignaturas que dan contenido a la enseñanza primaria y media para ofrecer al educando orientación y formación a través de un todo armónico; el impulso dado a las manualidades y a los medios audiovisuales.

Bien distante de todas las formas del positivismo que durante un tiempo aparentó imperar entre nosotros, para realizar su obra Biedma se inspiró en dos fuentes: la conducta religiosa y el amor a la patria. Y la realización de esa obra buscó asentarla siempre sobre los dos pilares en que reposa la vida moral de la comunidad: el hogar, la familia, como célula de la Nación, verdadero y auténtico núcleo de espíritu y de sangre, y la escuela, que promueve la personalidad humana en un marco de valores culturales jerárquicamente dispuestos para lograr el bienestar social.


Porque fue hombre de su tiempo, sintió la influencia de la época que le tocó vivir y se incorporó al movimiento de la denominada “educación nueva”, cuya influencia beneficiosa se hizo sentir a principios del siglo tanto en Europa como en América. Eran los tiempos en que la doctora Montessori abría su escuela en Roma y el Dr. Decroly hacia otro tanto en Bruselas, en que Miss Parcurst aplicaba su conocido Plan Dalton y Carleton Washburne hacia sus reformas en Winnetka. Mas si perteneció al mencionado movimiento, lo hizo con la suficiente independencia de criterio y autonomía de acción como para desdeñar la mera importación de concepciones y métodos pedagógicos, como para no adoptar ejemplos y formulaciones ajenas a la realidad argentina. Por ello, todas sus creaciones en el campo de la escuela activa lograron la necesaria originalidad como para alcanzar entre nosotros condición ciudadana.


La obra pedagógica de Carlos María Biedma ha vencido al tiempo y mantiene lozana su perdurabilidad. Así ha podido ser, como ya lo señaló uno de sus más íntimos colaboradores, gracias “al contenido humano que supo imprimirle, al dedicar preferente atención a la personalidad del niño en su desarrollo integral y armónico, y a la importancia que asignó a la Escuela en el ámbito social en que nace y ejerce su ministerio, apoyada en las virtudes morales y religiosas que sostiene al hombre y a la familia sobre un fundamento de intemporal estabilidad”.





*Palabras ofrecidas por el distinguido docente y periodista, en un acto académico realizado en la sede de la Sociedad Científica Argentina, en conmemoración del Centenario del nacimiento del Dr. Carlos María Biedma, en Buenos Aires, el 29 de febrero de 1978.